5.3.12

Al otro lado del pasto 2.0

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Al abrir la puerta da un paso adentro de la casa, lo hace sin prisa disfrutando del silencio y la oscuridad que lo reciben, se quita el abrigo y lo cuelga sobre el perchero junto con su sombrero, se afloja la corbata y desabotona el cuello de la camisa, así como las mangas; todo esto como parte de la rutina de todas las noches: llegar, suspirar profundo, ponerse cómodo y pensar hasta que el sueño lo invadiera.

Se quita los zapatos y camina en calcetines sobre el piso frío de la cocina, saca del refrigerador una cerveza y la sirve en un vaso para whisky, se toma el tiempo para sentir cómo el vaso se enfría al contacto con el líquido, esa sensación lo lleva por un instante a otro lugar, un bar en la ciudad donde solía pasar algunas tardes, por unos segundos se vio reflejado en el espejo al otro lado de la barra mientras con tres dedos sostenía un vaso con hielos, viéndose a los ojos se desafiaba a si mismo; en ese momento una mano de mujer aparece sobre su hombro, trata de voltear para ver su rostro y el recuerdo desaparece; se encuentra en medio de la cocina sin luz con el vaso de cerveza y su figura reflejada en la ventana, trata de mirar sus ojos pero sólo se percibe la silueta, baja la cabeza cual hombre sin rostro y da la vuelta, camina sobre sus pasos hacia la sala.

Entra con el pie izquierdo a la sala seguido por el otro, ambos agradecen el calor de la alfombra y se atreven a sentirse descansados sobre la suavidad de esta. Él prende una luz tenue alejada del sillón y deja su vaso a un lado de un libro, sobre la mesita de caoba que daba elegancia al viejo sillón donde se sentaba. Mira alrededor y detiene su vista en el librero, camina hacia él y toma un libro de pasta dura sin siquiera leer su lomo por ser un viejo conocido, lo abre y siente la textura del papel en sus dedos, lo frota un poco y despierta la imagen de una mujer leyendo en un parque con los pies desnudos sobre el pasto, una hoja seca cae flotando y pasa enfrente de sus ojos para ocultarla por un instante suficiente para desaparecer y se descubre mirando las letras sin sentido del libro en las partes que no ha sido recortado, éste tiene el centro de muchas hojas recortado en forma de rectángulo para poder guardar cosas en él, de éste escondite toma una cajetilla de cigarros y el encendedor, cierra el libro y lo pone a un lado.

Camina al otro extremo de la habitación, a la esquina más alejada de la ventana, saca un cigarrillo y lo coloca entre sus labios sin prenderlo, se acerca al sillón y se sienta. El sillón es café y en su tela se sienten los años que tiene, él lo encontró olvidado y lo convirtió en su lugar favorito, lo llenó de pensamientos, de buenos y malos momentos.

Sentado en el sillón mira al techo y prende el cigarro, después de un par de fumadas lo pone sobre el cenicero y toma un trago de cerveza y al pasar por su garganta siente la extraña necesidad de platicar con alguien, pero está solo. Sube los pies al sillón y se quita los calcetines sin importar el frío, los baja de nuevo con el deseo de sentir la alfombra bajo ellos, toma un poco más de cerveza dejando llena más de la mitad del vaso y toma entre sus dedos el cigarro y sacude la ceniza. Con el cigarro en la boca aspira, observa cómo se ilumina el extremo y siente cómo se calienta el aire a su alrededor, el cigarro se consume en sus labios y la noche se le escapa con el humo, a lo lejos ve, a través de su ventana, que empieza a amanecer; bajo sus pies tiene la sensación cálida de la alfombra, puede sentir que la suavidad toma la forma de sus pies desnudos y se mete entre sus dedos; el último suspiro de cigarro entra por sus labios, el humo entra en sus ojos obligándolo a cerrarlos y le arranca una lágrima que se queda en el borde de su párpado sin atreverse a resbalar por su rostro.

Abre los ojos y el sol lo ciega por un instante. Un aire cálido lo despeina, la brisa lo despierta con pequeñas gotas del mar que se encuentra frente a él y el silencio se llena con el sonido de pequeñas olas que rompen en la orilla. Sus dedos están cubiertos por arena caliente y los granos se desplazan de manera gentil sobre su piel.

Empieza a recuperar la visión distinguiendo formas y colores, en el horizonte el matiz del azul cambia entre el cielo y el mar; a unos cuantos metros observa cómo se confunde la espuma del mar con la arena blanca y en esa orilla reconoce la forma de una mujer que le da la espalda, su vestido de verano y su cabello castaño vuelan sincronizadamente a un ritmo impuesto por el aire, se descubre la silueta de sus hombros desnudos como una especie de tentación silenciosa, el agua moja sus pies y los va enterrando en la arena para que no escape, para que él pueda verla. Su visión se recupera totalmente y un graznido lo hace voltear por instinto, vuelve la vista hacia la orilla y observa con tristeza la ausencia de la mujer, mira hacia todos lados tratando de encontrarla pero es inútil, corre hacia donde estaba y busca en la arena una huella borrada por el mar.

El lugar es una isla, no tarda en darse cuenta al ver que la costa se curvea a lo lejos. Decide llegar al otro lado cruzándola por el centro, a través de la selva donde el sol no lo marea ni confunde con una mujer que no existe. Camina dejando huellas sobre la arena y da un primer paso sobre la tierra húmeda de la selva, todo oscurece un poco y a su espalda el mar se va haciendo chiquito. Avanza durante mucho tiempo en la misma dirección sin sentir hambre o sed hasta que ambas cosas llegan inevitablemente; busca a su alrededor y observa algunos frutos tirados bajo un árbol, toma uno entre sus dedos y lo siente helado, como si la cáscara no se calentara, es morado y tiene una forma que él no identifica, aún así se lo lleva a la boca y lo muerde, el sabor invade sus sentidos y lo lleva a un lugar que creía olvidado, una habitación de hotel donde se hospedaba cuando viajaba solo por cuestiones de trabajo, tenía vista al mar y el olor de éste entraba por la ventana junto con la luz de un sol que estaba por ocultarse. Él se está vistiendo y en la cama la pierna de una mujer se asoma por las sábanas, él se acerca para ver su rostro y darle qn beso pero el sonido de la puerta interrumpe la intención, se ve obligado a abrir para recibir la comida que había ordenado, sólo hay suficiente para una persona, no puede evitar fijarse en el extraño fruto de color morado que resalta sobre un pila de otras frutas, lo toma entre sus manos y lo muerde al mismo tiempo que mira una silueta marcada en las sábanas de una cama vacía, el sabor lo coloca en medio de la selva con los dedos manchados de morado, suspira profundo y reanuda su camino.

El sol ya no alcanza a iluminar la selva y bajo los árboles se concentra una oscuridad que él disfruta, baja la temperatura y el viento pasa entre los árboles moviendo sus hojas en un intento fallido por crear una armonía. Sigue caminando por unos minutos y de pronto se detiene de golpe al escuchar una voz, alza la cabeza y siente el viento que roza su cuerpo y que arrastra consigo el murmullo de una voz femenina, trata de entender lo que dice pero le es imposible, se imagina sus labios moverse y los ve cerrarse al mismo tiempo que el viento cesa y la selva se queda quieta.

Suspira de nuevo y vuelve a caminar con la mirada fija en el piso, se atreve a pensar en silencio durante unos minutos hasta que un olor lo interrumpe, es el olor del mar, mira al frente y ve la superficie del mar iluminada por los últimos rayos de sol; comienza a correr hacia la costa y al respirar percibe en el aire un olor diferente, la esencia del mar combinada con el suave olor de un perfume, corre más rápido y al llegar a la costa el olor se desvanece opacado por el del mar. La playa está desierta sin rastro de mujer alguna. Camina hacia el mar hasta el lugar donde el agua moja sus pies y se detiene a contemplar el atardecer, disfruta en silencio de ese momento consigo mismo y reconoce la belleza de un sol que, solitario, se oculta en el mar y descansa. Él decide hacer lo mismo, va dando pasos que se entierran en la arena y el agua va subiendo de nivel en su cuerpo; se detiene cuando le llega hasta el cuello y da el último paso; su pie derecho pisa una concha que se clava en su piel al mismo tiempo que se entierra en la arena. El dolor se queda en su mente y el mar lo despide de la isla con una ola que le golpea el rostro, el agua salada le cierra los ojos durante mucho tiempo.

Con los ojos cerrados siente el aire frío que lo envuelve. Abre los ojos y se descubre parado sobre un pasto verde que se extiende a todo su alrededor. Sus pies desnudos pisan el pasto y siente el dolor de algo clavado bajo su pie derecho, lo levanta y encuentra una ramita perforando su piel, la quita con cuidado y el dolor se esfuma, baja el pie y al contacto con el pasto siente el frío del rocío entre sus dedos, se da un tiempo suficiente para almacenar la sensación de tener a sus pies la alfombra de un universo que no entiende. El pasto y los árboles se iluminan con el último rayo de sol y las sombras se filtran a través de la tierra húmeda dando paso a la noche.

Camina sobre el pasto durante algún tiempo esperando una señal que no llega, pasa a un lado de los árboles que hablan sobre él con la voz del viento y se atreve a ignorarlos por no entenderlos. Sigue caminando y encuentra sobre el pasto alguna clase de advertencia: tres cúpulas de bellota apiladas como una estructura que el viento no había podido derribar; se acerca a ellas, las agarra y las examina entre sus dedos, con la punta de su dedo índice toca el interior de las cúpulas y descubre una suavidad alienante, se limita a aislar sus demás sentidos y permite que su tacto lo lleve a imaginar una mano delicada, dedos de mujer que se ponen sobre su hombro. Regresa a la realidad de golpe y su corazón palpita tratando de escapar de vuelta a su imaginación, respira profundo hasta calmarse y guarda las cúpulas de bellota en su bolsillo.

Se siente un poco cansado y se obliga a seguir caminando, avanza con la vista en el cielo y, aún siendo de noche, lo imagina más azul, lo siente inmenso igual que el mar, igual que sus pensamientos. Baja la vista por un instante y a lo lejos alcanza a ver una figura que le parece conocida, siente ganas de correr pero se mantiene calmado y camina tranquilamente hacia ella sin perderla de vista. La figura se va haciendo más grande y los detalles van apareciendo; un paso le revela un vestido de verano mientras otro muestra el cabello castaño que cae sobre sus hombros.

Él se acerca y ella no desaparece. Él da el último paso a un metro de ella y se fija en sus pies delgados y desnudos que también pisan el pasto; atrás de ella el pasto desaparece y hay concreto. Se encuentran al otro lado del pasto. Ella da un paso hacia él y se detiene para mirarlo. Él va subiendo la mirada y sus pensamientos lo llevan a través de un sillón y una isla hasta ese punto. Ella extiende la mano hacia él para acercarse y la intención se interrumpe por una gota negra que cae del cielo sobre el dorso de su mano y se instala en su piel como punto final.

Llueve y la tinta obliga a las cosas a desaparecer; él mira en todas direcciones pero lo único que realmente observa es el rostro de la mujer frente a él y no puede evitar sonreír en secreto cuando su mirada se encuentra con esos ojos oscuros que lo miran; y en su mente los convierte en un par de puntos que completan el final para volverse suspensivos.

Un mundo con personas y ruido se construye a su alrededor. Él suelta la pluma fuente vacía de tinta y fija la vista en los puntos suspensivos que concluyen un texto nuevo y desconocido para él; cierra la libreta sin leerlo y se levanta. Se pone el abrigo y el sombrero y, a través de una ciudad gris, camina hacia su casa. Lo hace sin prisa, nadie lo espera…