15.12.09

Encuentro causal...

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Ella es un misterio. Yo soy una sombra.

Una búsqueda mutua nos llevó a conocernos. Yo me sentía sólo, ella estaba falsamente acompañada.
La noche nos presentó sin sutilezas, huíamos de diferentes cosas y en un pasillo coincidimos, la belleza fue su carta de presentación, mi mirada fue un postdata de deseo.
Mentiría si digo que fue amor a primera vista, tampoco he de decir que nos besamos y nos amamos esa misma noche. No. Tras compartir un instante de silencio, ella siguió su camino y, con una mirada por encima del hombro, se despidió de mí.
Desapareció y todas las palabras murieron en mi boca. Ni zapatilla, ni nombre. NADA. Sus tacones me dejaron una huella imposible de seguir, el sonido de sus pasos enterrando una posible realidad.

No la he vuelto a ver.

Su existencia es mi secreto. Ella me convirtió en sombra, me obligó a buscarla entre la luz y la oscuridad. Nunca estuve cerca de encontrarla, fallé. La razón es simple, lo nuestro fue un encuentro dedicado a provocar, nada más.

Mi imaginación se alimenta de su misterio... y ella lo sabe. Ahora es dueña de mis palabras pero, sin darse cuenta, es presa de mis ideas. Mientras escribo ella se acerca.
Su misterio y mi deseo se han de encontrar en el caos.

Ella me espera todas las noches en su cama...

Yo la espero todas las noches en este sillón...

5.12.09

La invitación...

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Nos ocultamos de miradas conocidas y, entre la gente, nos tomamos de la mano. Dedos largos y delgados, los tuyos y los míos, que se encuentran ciegamente y se enredan acercándonos un poco.

La película estuvo entretenida, después, lo lógico hubiera sido ir por un café, platicar, necesitábamos conocernos más a fondo.
Yo te estuve buscando, tú confiabas en que algún día te encontraría. Nos conocíamos desde siempre. Una mirada entre nosotros bastó para comprenderlo.
El café quedó descartado.

Se podía ver la oscuridad a través de los cristales, para mí era una noche para tenerte a mi lado, para ti era la sombra perfecta en la que podríamos besarnos.
Comenzamos a hablar entre líneas, mi manera de mirarte, la manera en que tú me sonreías. El mensaje estaba claro, el tiempo sólo lo hacía más interesante.
Entre risas y comentarios inteligentes llevamos la conversación hacia donde quisimos, nos negamos a todas las opciones dejando sólo una, acompañarte a tu casa y despedirnos.

En la luz éramos unos, tú la dama, yo el caballero. En la oscuridad nos transformamos, la noche nos hizo explorar en nuestros pensamientos ocultos. Tú soltaste mi mano, hiciste de nuestro contacto algo más cercano, tomaste mi brazo y pegaste tu cuerpo al mío protegiéndote del frío.
Caminamos solos por la calle, bajo unos árboles que impedían que la luz de la luna nos mirara. En algún punto del camino nos besamos llenándonos de un placer tan privado; ese beso, diferente a todos los demás, llenó el espacio entre nosotros con una tensión insoportable. No teníamos razones, sólo una sensación en la piel que nos iba consumiendo.

Llegamos a la puerta de tu casa, tú entraste y me quedé mirándote desde afuera, te tomé de la cintura y tratamos de despedirnos con un beso, esta vez más intenso, más largo, más incontrolado. Por un momento nos separamos, me miraste directamente y en mis ojos no viste amor, sólo deseo. En los tuyos vi placer. Tu voz y tu cuerpo me invitaron a pasar.
Las palabras se quedaron tras la puerta, una mirada sensual me indicó el camino, una sonrisa perversa me pidió que te siguiera a través de un pasillo desconocido.

Llegamos a tu habitación, abandonamos cualquier clase de control, lo primero fue besarnos en tu cama, encontrarnos mutuamente en los labios del otro, explorando el placer ajeno.
Mis manos te acariciaban en los lugares permitidos por la ropa, las tuyas se aferraban a mí para no separarnos.
Hartos de una frontera sin sentido, comenzamos el arte de desnudarnos. Dedos largos y delgados, los tuyos y los míos, fueron quitando, una a una, cada prenda que nos cubría dejándonos vulnerables ante cualquier caricia.
Nuestro placer nos hizo caer, la ropa se quedó en la cama, nosotros en la alfombra.

Te besé los hombros, tú fuiste por mi oreja, acaricié tu espalda, trazaste una línea por mi pecho. Exploré tu cuello con mis labios, tú eliminaste el espacio que había entre nuestros cuerpos. A través de caricias y besos descubrimos nuestra verdadera naturaleza, nos movía el deseo, ni tú eras la dama, ni yo el caballero.
Perdí la noción del tiempo, en mi mente se reconstruía, una y otra vez, la belleza de tu desnudez.

Un beso largo marcó el fin del encuentro, con nuestros labios expresamos la satisfacción que nos cubría la piel; un silencio nos separó, nos detuvo. Esa noche no habrías de morir, no era el momento adecuado. Tendríamos que vernos de nuevo, para eso.

Mientras nos vestíamos nuestras miradas se cruzaban, sonrisas de complicidad se dibujaban en nuestros rostros. Una cosa llevó a la otra. Mentira. Lo teníamos todo planeado. El deseo nos unió desde el principio.

Regresé a la puerta, listo para irme. Llenamos ese último instante de silencio con un beso, algo más profundo. Abrí la puerta y recuperé las palabras.
Abrazaste mi cuello para no dejarme ir, yo te tomé de la cintura, quizá un poco más abajo.
Lo que dijimos poco importa, lo que dimos a entender es que queríamos hacerlo de nuevo.

Me soltaste, te di la espalda y comencé a caminar, unos pasos adelante miré sobre mi hombro y ahí estabas, con la puerta entreabierta, atrapándome con tu sonrisa y tu mirada. Regresé la vista al frente y me alejé.

Desaparecí acariciando la idea de verte de nuevo.