5.3.12

Al otro lado del pasto 2.0

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Al abrir la puerta da un paso adentro de la casa, lo hace sin prisa disfrutando del silencio y la oscuridad que lo reciben, se quita el abrigo y lo cuelga sobre el perchero junto con su sombrero, se afloja la corbata y desabotona el cuello de la camisa, así como las mangas; todo esto como parte de la rutina de todas las noches: llegar, suspirar profundo, ponerse cómodo y pensar hasta que el sueño lo invadiera.

Se quita los zapatos y camina en calcetines sobre el piso frío de la cocina, saca del refrigerador una cerveza y la sirve en un vaso para whisky, se toma el tiempo para sentir cómo el vaso se enfría al contacto con el líquido, esa sensación lo lleva por un instante a otro lugar, un bar en la ciudad donde solía pasar algunas tardes, por unos segundos se vio reflejado en el espejo al otro lado de la barra mientras con tres dedos sostenía un vaso con hielos, viéndose a los ojos se desafiaba a si mismo; en ese momento una mano de mujer aparece sobre su hombro, trata de voltear para ver su rostro y el recuerdo desaparece; se encuentra en medio de la cocina sin luz con el vaso de cerveza y su figura reflejada en la ventana, trata de mirar sus ojos pero sólo se percibe la silueta, baja la cabeza cual hombre sin rostro y da la vuelta, camina sobre sus pasos hacia la sala.

Entra con el pie izquierdo a la sala seguido por el otro, ambos agradecen el calor de la alfombra y se atreven a sentirse descansados sobre la suavidad de esta. Él prende una luz tenue alejada del sillón y deja su vaso a un lado de un libro, sobre la mesita de caoba que daba elegancia al viejo sillón donde se sentaba. Mira alrededor y detiene su vista en el librero, camina hacia él y toma un libro de pasta dura sin siquiera leer su lomo por ser un viejo conocido, lo abre y siente la textura del papel en sus dedos, lo frota un poco y despierta la imagen de una mujer leyendo en un parque con los pies desnudos sobre el pasto, una hoja seca cae flotando y pasa enfrente de sus ojos para ocultarla por un instante suficiente para desaparecer y se descubre mirando las letras sin sentido del libro en las partes que no ha sido recortado, éste tiene el centro de muchas hojas recortado en forma de rectángulo para poder guardar cosas en él, de éste escondite toma una cajetilla de cigarros y el encendedor, cierra el libro y lo pone a un lado.

Camina al otro extremo de la habitación, a la esquina más alejada de la ventana, saca un cigarrillo y lo coloca entre sus labios sin prenderlo, se acerca al sillón y se sienta. El sillón es café y en su tela se sienten los años que tiene, él lo encontró olvidado y lo convirtió en su lugar favorito, lo llenó de pensamientos, de buenos y malos momentos.

Sentado en el sillón mira al techo y prende el cigarro, después de un par de fumadas lo pone sobre el cenicero y toma un trago de cerveza y al pasar por su garganta siente la extraña necesidad de platicar con alguien, pero está solo. Sube los pies al sillón y se quita los calcetines sin importar el frío, los baja de nuevo con el deseo de sentir la alfombra bajo ellos, toma un poco más de cerveza dejando llena más de la mitad del vaso y toma entre sus dedos el cigarro y sacude la ceniza. Con el cigarro en la boca aspira, observa cómo se ilumina el extremo y siente cómo se calienta el aire a su alrededor, el cigarro se consume en sus labios y la noche se le escapa con el humo, a lo lejos ve, a través de su ventana, que empieza a amanecer; bajo sus pies tiene la sensación cálida de la alfombra, puede sentir que la suavidad toma la forma de sus pies desnudos y se mete entre sus dedos; el último suspiro de cigarro entra por sus labios, el humo entra en sus ojos obligándolo a cerrarlos y le arranca una lágrima que se queda en el borde de su párpado sin atreverse a resbalar por su rostro.

Abre los ojos y el sol lo ciega por un instante. Un aire cálido lo despeina, la brisa lo despierta con pequeñas gotas del mar que se encuentra frente a él y el silencio se llena con el sonido de pequeñas olas que rompen en la orilla. Sus dedos están cubiertos por arena caliente y los granos se desplazan de manera gentil sobre su piel.

Empieza a recuperar la visión distinguiendo formas y colores, en el horizonte el matiz del azul cambia entre el cielo y el mar; a unos cuantos metros observa cómo se confunde la espuma del mar con la arena blanca y en esa orilla reconoce la forma de una mujer que le da la espalda, su vestido de verano y su cabello castaño vuelan sincronizadamente a un ritmo impuesto por el aire, se descubre la silueta de sus hombros desnudos como una especie de tentación silenciosa, el agua moja sus pies y los va enterrando en la arena para que no escape, para que él pueda verla. Su visión se recupera totalmente y un graznido lo hace voltear por instinto, vuelve la vista hacia la orilla y observa con tristeza la ausencia de la mujer, mira hacia todos lados tratando de encontrarla pero es inútil, corre hacia donde estaba y busca en la arena una huella borrada por el mar.

El lugar es una isla, no tarda en darse cuenta al ver que la costa se curvea a lo lejos. Decide llegar al otro lado cruzándola por el centro, a través de la selva donde el sol no lo marea ni confunde con una mujer que no existe. Camina dejando huellas sobre la arena y da un primer paso sobre la tierra húmeda de la selva, todo oscurece un poco y a su espalda el mar se va haciendo chiquito. Avanza durante mucho tiempo en la misma dirección sin sentir hambre o sed hasta que ambas cosas llegan inevitablemente; busca a su alrededor y observa algunos frutos tirados bajo un árbol, toma uno entre sus dedos y lo siente helado, como si la cáscara no se calentara, es morado y tiene una forma que él no identifica, aún así se lo lleva a la boca y lo muerde, el sabor invade sus sentidos y lo lleva a un lugar que creía olvidado, una habitación de hotel donde se hospedaba cuando viajaba solo por cuestiones de trabajo, tenía vista al mar y el olor de éste entraba por la ventana junto con la luz de un sol que estaba por ocultarse. Él se está vistiendo y en la cama la pierna de una mujer se asoma por las sábanas, él se acerca para ver su rostro y darle qn beso pero el sonido de la puerta interrumpe la intención, se ve obligado a abrir para recibir la comida que había ordenado, sólo hay suficiente para una persona, no puede evitar fijarse en el extraño fruto de color morado que resalta sobre un pila de otras frutas, lo toma entre sus manos y lo muerde al mismo tiempo que mira una silueta marcada en las sábanas de una cama vacía, el sabor lo coloca en medio de la selva con los dedos manchados de morado, suspira profundo y reanuda su camino.

El sol ya no alcanza a iluminar la selva y bajo los árboles se concentra una oscuridad que él disfruta, baja la temperatura y el viento pasa entre los árboles moviendo sus hojas en un intento fallido por crear una armonía. Sigue caminando por unos minutos y de pronto se detiene de golpe al escuchar una voz, alza la cabeza y siente el viento que roza su cuerpo y que arrastra consigo el murmullo de una voz femenina, trata de entender lo que dice pero le es imposible, se imagina sus labios moverse y los ve cerrarse al mismo tiempo que el viento cesa y la selva se queda quieta.

Suspira de nuevo y vuelve a caminar con la mirada fija en el piso, se atreve a pensar en silencio durante unos minutos hasta que un olor lo interrumpe, es el olor del mar, mira al frente y ve la superficie del mar iluminada por los últimos rayos de sol; comienza a correr hacia la costa y al respirar percibe en el aire un olor diferente, la esencia del mar combinada con el suave olor de un perfume, corre más rápido y al llegar a la costa el olor se desvanece opacado por el del mar. La playa está desierta sin rastro de mujer alguna. Camina hacia el mar hasta el lugar donde el agua moja sus pies y se detiene a contemplar el atardecer, disfruta en silencio de ese momento consigo mismo y reconoce la belleza de un sol que, solitario, se oculta en el mar y descansa. Él decide hacer lo mismo, va dando pasos que se entierran en la arena y el agua va subiendo de nivel en su cuerpo; se detiene cuando le llega hasta el cuello y da el último paso; su pie derecho pisa una concha que se clava en su piel al mismo tiempo que se entierra en la arena. El dolor se queda en su mente y el mar lo despide de la isla con una ola que le golpea el rostro, el agua salada le cierra los ojos durante mucho tiempo.

Con los ojos cerrados siente el aire frío que lo envuelve. Abre los ojos y se descubre parado sobre un pasto verde que se extiende a todo su alrededor. Sus pies desnudos pisan el pasto y siente el dolor de algo clavado bajo su pie derecho, lo levanta y encuentra una ramita perforando su piel, la quita con cuidado y el dolor se esfuma, baja el pie y al contacto con el pasto siente el frío del rocío entre sus dedos, se da un tiempo suficiente para almacenar la sensación de tener a sus pies la alfombra de un universo que no entiende. El pasto y los árboles se iluminan con el último rayo de sol y las sombras se filtran a través de la tierra húmeda dando paso a la noche.

Camina sobre el pasto durante algún tiempo esperando una señal que no llega, pasa a un lado de los árboles que hablan sobre él con la voz del viento y se atreve a ignorarlos por no entenderlos. Sigue caminando y encuentra sobre el pasto alguna clase de advertencia: tres cúpulas de bellota apiladas como una estructura que el viento no había podido derribar; se acerca a ellas, las agarra y las examina entre sus dedos, con la punta de su dedo índice toca el interior de las cúpulas y descubre una suavidad alienante, se limita a aislar sus demás sentidos y permite que su tacto lo lleve a imaginar una mano delicada, dedos de mujer que se ponen sobre su hombro. Regresa a la realidad de golpe y su corazón palpita tratando de escapar de vuelta a su imaginación, respira profundo hasta calmarse y guarda las cúpulas de bellota en su bolsillo.

Se siente un poco cansado y se obliga a seguir caminando, avanza con la vista en el cielo y, aún siendo de noche, lo imagina más azul, lo siente inmenso igual que el mar, igual que sus pensamientos. Baja la vista por un instante y a lo lejos alcanza a ver una figura que le parece conocida, siente ganas de correr pero se mantiene calmado y camina tranquilamente hacia ella sin perderla de vista. La figura se va haciendo más grande y los detalles van apareciendo; un paso le revela un vestido de verano mientras otro muestra el cabello castaño que cae sobre sus hombros.

Él se acerca y ella no desaparece. Él da el último paso a un metro de ella y se fija en sus pies delgados y desnudos que también pisan el pasto; atrás de ella el pasto desaparece y hay concreto. Se encuentran al otro lado del pasto. Ella da un paso hacia él y se detiene para mirarlo. Él va subiendo la mirada y sus pensamientos lo llevan a través de un sillón y una isla hasta ese punto. Ella extiende la mano hacia él para acercarse y la intención se interrumpe por una gota negra que cae del cielo sobre el dorso de su mano y se instala en su piel como punto final.

Llueve y la tinta obliga a las cosas a desaparecer; él mira en todas direcciones pero lo único que realmente observa es el rostro de la mujer frente a él y no puede evitar sonreír en secreto cuando su mirada se encuentra con esos ojos oscuros que lo miran; y en su mente los convierte en un par de puntos que completan el final para volverse suspensivos.

Un mundo con personas y ruido se construye a su alrededor. Él suelta la pluma fuente vacía de tinta y fija la vista en los puntos suspensivos que concluyen un texto nuevo y desconocido para él; cierra la libreta sin leerlo y se levanta. Se pone el abrigo y el sombrero y, a través de una ciudad gris, camina hacia su casa. Lo hace sin prisa, nadie lo espera…

20.6.11

El corazón del jardín.

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Su vestido rozaba las hojas a cada paso y hacía que murmuraran palabras desconocidas para ellos. Ella iba caminando maravillada por los colores de las flores, él iba a su lado observando los secretos de un jardín mucho más viejo que los dos juntos. Hasta ese momento había sido un día tranquilo, quizá un poco extraño por las miradas fugaces que de vez en cuando escapaban de ellos para encontrarse en medio de un comentario casual y provocar unas cuantas sonrisas tan tímidas como sinceras.

No supieron como habían llegado. En algún punto del día empezaron a platicar y a caminar sin fijarse demasiado en la dirección ni el tiempo; mientras más avanzaban menos gente había y de pronto se encontraron solos en la entrada de ese jardín misterioso. Ella estaba segura de nunca haber estado ahí, él no tanto.

Su primera reacción al entrar fue quedarse callados; al respirar los dos sentían cómo el aire que exhalaban se llevaba las palabras que no tenía sentido pronunciar, tratar de describir el jardín era como insultarlo y no había necesidad de mencionar la belleza evidente.
Iban juntos y no se permitían separarse por ningún motivo, compartían en silencio la magia del lugar y cada quien trataba de guardar cada instante, para nunca olvidar.
Los árboles, viejos y sabios, fijaban sus ojos en él y movían sus ramas tratando de indicarle el camino, mientras que las flores despedían un brillo intenso cuando ella las veía y sus pétalos se abrían esperando ser acariciados. El jardín los recibió con agrado y celebraba su visita como si los hubiera esperado por años.

Avanzaron recibiendo direcciones a través de su sentidos, la naturaleza, con todos sus secretos y su lenguaje mucho más viejo que el de los hombres, los guió a través del jardín hasta su parte más profunda donde residía el corazón de todo lo que ahí vivía.

Una vez ahí, se detuvieron. Ella veía, sin mirar, hacia todos lados. Él, mirando con atención, encontró lo que iban buscando y la visión de ese objeto lo llevó en su mente a un tiempo que creía olvidado; atrapadas en una telaraña de recuerdos descubrió las imágenes de la primera vez que había estado en el jardín y tras la revelación no pudo más que sonreír por haber regresado.

Tras unos instantes para aclarar su mente, se atrevió a hablar.

─¿Ves el espejo de agua al fondo? ─Dijo él señalando un objeto grande que se encontraba a unos cuantos metros.
─Es hermoso ─. Su voz expresaba una admiración por la belleza que no se comparaba con el resto del jardín.
─Yo lo hice hace muchos años, más de los que me atrevo a contar ─ dijo él tratando de recordar todo aquello que pertenecía al pasado de un hombre diferente. ─Solía pararme frente a él a observar el mundo que oculta... A veces, en las noches, me ponía a fumar y el humo se mezclaba con el agua distorsionando mi imagen, en algunas ocasiones me permitía ver el hombre que fui, en otras se reflejaba la silueta del hombre que trataba de ser─dijo tratando de ocultar la tristeza en su voz. ─Acércate, observa a través del agua y dime lo que ves.
Ella dio pasos cautelosos hacia el espejo mientras que su cuerpo decidía si temer o emocionarse por lo que pudiera ver. Una vez frente a él miró con calma y se relajó.
─Hay un hombre, creo que eres tú─ dijo ella tratando de encontrar las palabras adecuadas para describir la imagen ─. Pero vistes diferente, llevas un sombrero y traes un bastón en la mano... Espera, una mujer se acerca a él... ¿Soy yo? ─. La duda llenaba su voz y trataba de encontrarle significado a lo que veía.
─No lo sé, yo no puedo ver lo que tu ves. Dime, ¿eres tú?
─Creo que sí, es difícil decirlo, está feliz.
─Y tú no eres feliz ─dijo él revelando una verdad más fría que el agua del espejo.
─No. Mi felicidad no es como la de ella.
─Pero lo será. Mira bien─. Tanto árboles como flores esperaban inmóviles y el jardín que formaban ya no era el mismo que los había recibido.
─Soy yo y estoy contigo. Mis ojos... sus ojos, brillan. El bastón en tu mano brilla. Mírame, necesito ver tus ojos... sus ojos─ dijo ella con pausas que amenazaban romper la imagen.
─Mira profundo, no pierdas los detalles─ dijo él con voz tranquila─. Te estoy mirando desde otro tiempo, justo como ahora pero más lejos. Necesitas acercarte.
─Estoy tan cerca como puedo─ murmuró ella sin saber qué hacer, decepcionada.
─No es suficiente.Cruza ─indicó él con una voz que ella nunca había escuchado, con palabras llenas de certeza.

Ella cruzó. Al primer paso el agua mojó su rostro, aclaró su mirada y pudo ver.
La escena era la misma que en sus sueños. Ocultos en la oscuridad de la noche con cientos de estrellas fijando su luz en ellos. El tiempo detenido en un abrazo, sus miradas fijas conversando por ellos, sus labios tan cerca... separados por la expectativa y dos latidos rítmicos avanzando entre el silencio.
Y de pronto un movimiento convertido en beso por la magia oculta en las palabras que nunca dijeron.
Y la chispa entre ellos recorrió su piel y la hizo dar un paso hacia atrás, donde el agua volvía a ser sólo un espejo en el corazón de un jardín secreto donde ella y él se miraban volviendo real aquel reflejo.

29.1.11

El hombre equivocado

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-Lo sé. No imagino otra razón por la que vendrías, tienes la particular costumbre de aparecer cuando necesitas algo, incluso cuando sólo se trata de un beso. Empiezo a pensar que conocerte fue un error, hay noches que me desvelo pensando en tí y hay otras donde no puedo siquiera pensar en tu nombre. Me encanta verte pero no sé si me agrade la idea de ser yo el que te espere.- Le dije mientras limpiaba su herida que seguro era producto de una más de sus historias secretas, de ese trabajo del que no se atrevía a hablar.

-Tú sabes que no es tan sencillo, sabes que si por mi fuera estaría contigo.- dijo ella y me volteó a ver con esa mirada sincera, hasta inocente se podría decir, que los años le habían enseñado a fingir.

-¿Lo sé? En serio ¿Lo sé?, yo ya no sé qué pensar al respecto.

-Quizá no, pero estoy segura de que lo sientes. Vengo aquí porque siempre encuentras la manera de ayudarme y no me juzgas por lo que hago, esa sería suficiente razón para amarte.

-No me amas, en algún momento lo hiciste pero ya estamos más allá de eso; no hay que engañarnos, no hay forma de llamar a lo que hay entre nosotros y espero que nunca lo haya, estoy seguro de que dejaría de ser especial.- Ella se quedó callada, sabía que era inútil tratar de convencerme de algo en lo que ni siquiera ella creía, no podía utilizar las palabras para engañar al hombre que le enseñó a usarlas.- El corte es bastante profundo, voy a tener que coser, quítate la blusa y trata de no moverte que va a doler un poco.

-Siempre ha dolido.-lo dijo al mismo tiempo que revelaba las finas líneas de su espalda y después de lo que yo había dicho los dos sabíamos que ella no se refería a la herida.

Terminé de coser el corte y ella sólo se había atrevido a apretar mi hombro una vez para aguantar el dolor, sin duda era la mujer indicada para lo que hacía, a lo largo de los años fui testigo del peligro de su trabajo y hasta ahora seguía viva, su belleza y delicada figura podían engañar a cualquiera pero nada en ella era frágil y eso la convertía en la mejor.

-Tú sabes lo mucho que me gusta firmar mi trabajo, los detalles siempre me han sido importantes.- le dije y le dí un pequeño beso sobre la herida, un símbolo para que no olvidara ese momento.- Al menos ahora tendrás una cicatriz que lleva mi nombre y no habrá forma de que te olvides de mí- reí un poco y alcancé a ver una ligera sonrisa en su rostro; no importaba lo feas que se pusieran las cosas siempre lograba hacerla sonreír.

-Alejandro no hay forma de que me olvide de tí, al menos no en esta vida, tenemos una historia juntos y las palabras que hemos escrito son sólo huellas de cicatrices más profundas que llevan tu nombre.-me tomó del cuello y me besó, no hay forma de describirlo, esos labios se describen por sí solos no permiten que los opaques con palabras inútiles. Fue su forma de agradecerme pero también una forma de recordarme que había vuelto, a veces pienso que hay besos que son capaces de borrar el tiempo, ese podría ser uno de esos.

Nos separamos y sonreímos, la noche era fría, como lo son las noches que valen la pena, así que la ayudé a ponerse la blusa, amaba su espalda pero hay noches que sólo merecen un beso.

Nos alejamos de la barra para sentarnos en el sillón, negro, cómodo, un lugar para platicar.

-Y ahora, ¿a quién hay que matar?.- le dije en broma para empezar a hablar del lío en el que estaba metida.

-Ojalá se resolviera tan fácilmente, esta vez es algo muy serio, van a ser tiempos complicados.-me dijo mirándome directamente a los ojos y yo le creí.
En ese momento sonó el timbre del departamento, más visitas inesperadas en la misma noche, ella sabía como volver mis noches interesantes.

-K, necesito saber ¿qué hiciste?-le pregunté y no permití que hubiera preocupación en mi voz, yo también soy el mejor en lo que hago.

-Engañé al hombre equivocado.

14.1.11

The world is mine...

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Trataba de ser un hombre de palabra. Él no contaba con lo difícil que sería, más de una vez estuvo dispuesto a cumplir con sus promesas pero esa noche le fue imposible.

No fue el vodka que había guardado durante cierto tiempo, tampoco las cartas que insistían en jugar contra él; fueron las palabras que celosamente guardaban ambos para ser escuchadas por la persona correcta. Es el tipo de palabras que guardas bajo llave, las palabras que se esconden tras las cerraduras de los ojos.

Él pidió, más de una vez, que ella no lo mirara; sabía que su debilidad eran las miradas al igual que las cosas que se dicen en la madrugada. Semejante tentación corrompe a cualquiera. Y les ganó a ambos.
Los detalles de la conversación carecen de importancia, no para ellos sino para el resto del mundo, y es que ellos, durante un instante que duró minutos, se sintieron cerca, como nunca habían estado en ocho años.
Las palabras en voz baja llegaron a cada oído con la sinceridad adecuada, aquella que se tiene cuando los sentimientos corresponden a lo que se dice. Eran palabras que habían estado ahí durante mucho tiempo pero que no habían podido decir por no haber encontrado el momento adecuado, el sillón adecuado, la mano adecuada.

Las palabras surgieron de su mente cuando en su mano izquierda sostenía toda clase de sensaciones, la mano de ella.

Él, ella, tomaron la mano del otro como si fuera una certeza, algo que debía hacerse y no se había hecho por culpa de la distancia o el tiempo. En la mano del otro encontraron el cigarro que los hizo imaginarse un beso; una vía de humo que hizo que sus labios se acercaran de formas impredecibles, incluso impensables.
Fue así como él acercó el cigarrillo a los labios de ella e hizo que el humo supiera a futuro; fue así como ella encendió otro cigarro para que en la boca de él supiera a pasado; no fue un sabor de odio y cosas inconclusas, fue una bocanada de humo que al flotar hacia el techo formó los recuerdos del que creían que era su último beso.

Ambos felices, en planos distintos, descubrieron un nuevo significado de felicidad donde la inestabilidad representa placer y un momento juntos sustituye todo el tiempo que permanecieron alejados. Juntos entendieron que ocho besos congelados en la noche pueden fundirse en uno si se deja de pensar por un momento, si se obedece a la voz de lo que te hace feliz y no se cuestiona lo que es correcto.

La noche estuvo llena de razones y ellos respondían a cada una con una sonrisa que les revelaba que estaban pensando lo mismo. Fueron los ochos de picas, corazones, diamantes y tréboles los que les recordaron que hay ciertas cosas que no se pueden dejar ir, que te persiguen por la importancia que tienen, que se vuelven parte de lo que eres y están ahí cuando necesitas saber cosas que creías olvidadas.

Al final se encontraron en el mismo sillón donde se despidieron, ella deslizó sus dedos entre el cabello del fantasma que era él en su mente mientras él deslizaba los suyos sobre su mano en forma de caricia; y ambos se susurraron cosas al oído, palabras que los hizo temblar.
Ella tocó los nervios de él con su mirada, con sus labios; él tocó los de ella con sus palabras.

Juntos, fumando en el momento más oscuro de la noche, crearon un secreto que los ayudará a dormir hasta la próxima noche que sus labios se encuentren fuera de un sueño.

Trató de ser un hombre de palabra pero no iba a cometer el error de no hacer lo que ella en secreto deseaba.

27.9.10

Solos ella y yo

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La llamaré Lilia, por asuntos complicados, digámosle privacidad. Aquella noche me pidió nunca repetir su nombre en voz alta, bajo ninguna circunstancia; después de un pacto de sangre se acercó a mi y lo murmuró de manera que su nombre viajara a través del espacio y ni siquiera el aire fuera capaz de percibirlo, incluso ahora, cuando las cosas van mal, insisto en convencer a mi mente que, aquella noche, me imaginé su nombre y que de ella no sabré algo nunca más.


O al menos eso creía...


Mi error cayó fuerte sobre mis hombros cuando al entrar a mi apartamento la vi sentada en la barra, limpiándose un corte profundo en el hombro... con el mejor de mis vodkas.


Primero me enamoré de sus hombros desnudos y un segundo después me oí decir. - Mejor bebe el vodka, voy por alcohol - y antes de desaparecer por el pasillo me dijo como tratando de encantarme - Alejandro, voy a necesitar tu ayuda - y yo, como buen enamorado le dije - Lo sé.

16.7.10

Sí.

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No son las mentiras. No son las verdades. No son las miradas.
No son las sonrisas. No es el aire. No es la noche.
No son las palabras. No es el deseo.
No es la ausencia. No es el fondo.
No es la luz. No es el olvido.
No es la cama.
No son los sueños.
No es la tristeza.
No es el agua. No es la lluvia.
No es el silencio. No es la rutina.
No es el recuerdo. No es la agonía.
No es el placer. No es la culpa. No es el error.
No es la felicidad. No son los años. No es el destino.
No es la sombra. No es el camino. No son los días. No es el amor.
No es la confianza. No es el descuido. No es la perfección.
No son los aciertos. No es el pasado. No es la tierra.
No es el techo. No son los pasos. No es la puerta.
No es el espacio. No es la posibilidad.
No es el vacío. No es la paciencia.
No es el odio.
No es la ambición.
No es el fracaso.
No son los murmullos.
No es la voz. No es el presente.
No es la locura. No es el fin. No es la oscuridad.
No es el fuego. No es la pasión. No son los besos.
No es la mente. No es el encanto. No es la imaginación.
No es el secreto. No es lo perverso. No es el tiempo.

No... es ella.

No... es él.

16.6.10

A salvo...

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Y claro que por ella estoy dispuesto a darlo todo.
Y qué mejor justificación que saber que mi felicidad depende de su bienestar.
En mi historia queda claro lo que he sacrificado por estar a su lado y todo lo que he puesto en riesgo sólo por la obsesión de tenerla cerca.

Sin ella, todo propósito es absurdo, cualquier plan a futuro es impensable si algo le sucede. Siempre pensando en qué puede hacer un hombre como yo, solo, cansado y arrepentido. Mis años de gloria dedicados a causas mayores cuyo trasfondo no se me pódía confiar, siguiendo órdenes, persiguiendo una paz utópica, cuidando el sueño de millones de personas, encargado de su seguridad; y al mismo tiempo siendo un ser ausente, una sombra en el recuerdo de ella, una incógnita en su futuro pues al partir siempre existía la posibilidad de no volver.

Y ahora, retirado, busco compensar esa ausencia. He decidido enterrar los viejos tiempos y mantenerme vivo para poder verla sonreír. Pero hay costúmbres, habilidades aprendidas, que no pueden olvidarse, que se vuelven parte de tí, al igual que los sentidos.
Mi trabajo me enseñó lo peligroso que puede ser el mundo sin importar lo ideal y perfecta que una vida pueda parecer, aprendí a sospechar de todo y mi deber era evitar que cosas malas sucedieran.

Pareciera que tras años de hacer lo mismo, la rutina me volvió inútil. Sospeché del viaje a Europa y dormí intranquilo; y aún así no hice nada para evitarlo y mantenerla a salvo. Debo encontrarla, confiar en mi experiencia, asegurarme de que vuelva a sonreír y yo esté con ella para verlo.

Alguien se atrevió a robar a mi pequeña, apagando su sonrisa con la oscuridad de la maldad. Desde cualquier ángulo éste es un mundo cruel, la maldad es astuta, se alimenta de la inocencia y toma ventaja de la bondad.
Es un mundo cuya perversión conozco de cerca y a cuya oscuridad ya estoy acostumbrado. Los que la tomaron no imaginan que sé cómo llegar a ellos, a ella. Sólo es cuestión de tiempo.

La culpa y el amor son motores en la mente de un hombre, capaces de llevarlo al fin del mundo. En mi mente he acumulado bastante de ambas cosas.

La culpa de no estar para ella cuando me necesitaba, el amor que crece dentro de un padre hacia su hija sólo por el hecho de verla sonreír.