14.1.11

The world is mine...

Trataba de ser un hombre de palabra. Él no contaba con lo difícil que sería, más de una vez estuvo dispuesto a cumplir con sus promesas pero esa noche le fue imposible.

No fue el vodka que había guardado durante cierto tiempo, tampoco las cartas que insistían en jugar contra él; fueron las palabras que celosamente guardaban ambos para ser escuchadas por la persona correcta. Es el tipo de palabras que guardas bajo llave, las palabras que se esconden tras las cerraduras de los ojos.

Él pidió, más de una vez, que ella no lo mirara; sabía que su debilidad eran las miradas al igual que las cosas que se dicen en la madrugada. Semejante tentación corrompe a cualquiera. Y les ganó a ambos.
Los detalles de la conversación carecen de importancia, no para ellos sino para el resto del mundo, y es que ellos, durante un instante que duró minutos, se sintieron cerca, como nunca habían estado en ocho años.
Las palabras en voz baja llegaron a cada oído con la sinceridad adecuada, aquella que se tiene cuando los sentimientos corresponden a lo que se dice. Eran palabras que habían estado ahí durante mucho tiempo pero que no habían podido decir por no haber encontrado el momento adecuado, el sillón adecuado, la mano adecuada.

Las palabras surgieron de su mente cuando en su mano izquierda sostenía toda clase de sensaciones, la mano de ella.

Él, ella, tomaron la mano del otro como si fuera una certeza, algo que debía hacerse y no se había hecho por culpa de la distancia o el tiempo. En la mano del otro encontraron el cigarro que los hizo imaginarse un beso; una vía de humo que hizo que sus labios se acercaran de formas impredecibles, incluso impensables.
Fue así como él acercó el cigarrillo a los labios de ella e hizo que el humo supiera a futuro; fue así como ella encendió otro cigarro para que en la boca de él supiera a pasado; no fue un sabor de odio y cosas inconclusas, fue una bocanada de humo que al flotar hacia el techo formó los recuerdos del que creían que era su último beso.

Ambos felices, en planos distintos, descubrieron un nuevo significado de felicidad donde la inestabilidad representa placer y un momento juntos sustituye todo el tiempo que permanecieron alejados. Juntos entendieron que ocho besos congelados en la noche pueden fundirse en uno si se deja de pensar por un momento, si se obedece a la voz de lo que te hace feliz y no se cuestiona lo que es correcto.

La noche estuvo llena de razones y ellos respondían a cada una con una sonrisa que les revelaba que estaban pensando lo mismo. Fueron los ochos de picas, corazones, diamantes y tréboles los que les recordaron que hay ciertas cosas que no se pueden dejar ir, que te persiguen por la importancia que tienen, que se vuelven parte de lo que eres y están ahí cuando necesitas saber cosas que creías olvidadas.

Al final se encontraron en el mismo sillón donde se despidieron, ella deslizó sus dedos entre el cabello del fantasma que era él en su mente mientras él deslizaba los suyos sobre su mano en forma de caricia; y ambos se susurraron cosas al oído, palabras que los hizo temblar.
Ella tocó los nervios de él con su mirada, con sus labios; él tocó los de ella con sus palabras.

Juntos, fumando en el momento más oscuro de la noche, crearon un secreto que los ayudará a dormir hasta la próxima noche que sus labios se encuentren fuera de un sueño.

Trató de ser un hombre de palabra pero no iba a cometer el error de no hacer lo que ella en secreto deseaba.

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